TE DÍ ALAS DE FUEGO
Una tarde normal en la ciudad, caminando por las calles, tratando de llegar a mi destino, sin saber exactamente que significaba eso, tomé un atajo. Se parecía al barrio central de la delegación en la que viví muchos años, desde mi infancia. Las calles empedradas y estrechas. El olor a árboles tupidos y un clima húmedo. La tarde estaba nublada.
Creí que conocía el camino, pero mis pasos me sacaron a un campo abierto, que me parecía familiar, pero que al internarme más en él, me hacía cambiar de idea. Pasto y arbustos secos, en una extensión de tierra que mi vista no alcanzaba a abarcar. Al fondo la ciudad, como una promesa de seguridad. Era obvio que si quería llegar a algún lugar era cruzando por el camino bosquejado en aquel paisaje, cuyos habitantes eran piedras.
De pronto me encontré con otras personas. Parecían indigentes. Atrapados entre los arbustos moviéndose en un loop interminable de locura, en el mismo sitio. Al principio me dieron miedo. Pero entre mas me acercaba a ellos, ese sentimiento mutaba en lástima. Era obvio que se trataba de gente perdida, como yo. Y que se quedaron atascados en su propia demencia.
Al conocer mi posible final, si no lograba atravesar por aquel campo sinuoso, mi temor volvió con más fuerza. Tenía que seguir adelante y el tiempo, al contrario que yo, avanzaba con rapidez. La ciudad comenzaba a mostrar algunas de sus luces salvadoras, pero todavía se percibían como un espejismo al final de la flora salvaje que me rodeaba. Desde el cielo gris, se escuchó una voz que me cantaba repetidamente, como reclamándome algo.
...Te dí alas de fuego, te dí alas de fuego,
te dí alas de fuego,
te dí alas de fuego,
te dí alas de fuego...
La voz, que era épicamente femenina me hacia sentir como si la hubiera decepcionado. Como si ya no hubiera esperanza. Mi destino se volvió incierto y solo me quedaba la locura.

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